La autovía del Realejo
(Publicado en Ideal de Granada el 11 de octubre de 2008)
GRANADA pierde día a día su patrimonio. Esto es algo que vengo repitiendo desde hace años y por tanto decirlo, creo que algunos ya ni lo oyen; pero otros, al socaire de mi persistente perorata, comienzan a estar convencidos de que lo que digo es verdad. Pero ahora, tal vez, tenga que decir que convencer sobre que Granada, además, está perdiendo su gracia; la misma que le hizo siempre, como dice la letra de su himno ser una bella dama: «Mujer que conserva el embrujo de los ojos moros; te sueño rebelde y gitana, cubierta de flores y beso tu boca de grana, jugosa manzana, que me habla de amores», porque, lamentablemente, a nuestra delicada ciudad se le está sometiendo una operación estética, a un 'leastin' -creo que se dice así- tan incomprensible como necesario.
A mí me gusta pasear por las calles de mi ciudad; reconocerme en cada rincón; observar el paisaje con figuras que Granada alberga en cada bocacalle, en cada placeta, en cada esquina. No sabría decir realmente cuál espacio de la ciudad es el que más me gusta, porque en todos hay algo o encuentro siempre algo que me motiva, que me conmueve, que me cautiva, que ora me hace recordar mi infancia, mi juventud, u ora me hace sentir vivo y lo que es más reconfortante para mí, me hace sentirme orgullosamente granadino; ciudadano de esta ciudad -otrora- sin igual, que es Granada, y que ahora, desgraciadamente, cada día se vuelve más impersonal.
En términos de disgusto y malrato para mí fue especialmente significativa la mañana del pasado martes cuando descubrí que el Ayuntamiento, encabezado por el ínclito y autodilecto señor Torres Hurtado, ha convertido uno de los paseos más significados e históricos de la ciudad histórica en una verdadera autovía. Sí, lisa y llanamente, en una carretera en la que el asfalto, como si de un meloma negro y repugnante, ha venido a sustituir el tradicional empedrado granadino, nacido entre los cantos y guijarros de los ríos de nuestra tierra, invadiendo impúdica y soezmente el lugar que otrora, por los siglos de los siglos, hoyaron con sus pies de nuestros ancestros como diría Cabrera Infante.
El gobierno municipal ha transformado irreverentemente para una ciudad y un centro histórico como el de Granada las calles Cuesta de Damasqueros, placeta del Hospicio Viejo, Cuesta Rodrigo del Campo y Cementerio de Santa Escolástica, convirtiendo tan singulares calles en una carretera más del catálogo de vías públicas y rápidas de Granada, una nueva vía que bien puede ser llamada 'La autovía del Realejo'.
Fuera de lo jocoso y del tono pretendidamente simpático que he procurado dar hasta ahora a este escrito, levanto en este momento enérgicamente mi voz para expresar mi más contundente protesta por tan desquiciada acción. Pido a la autoridad municipal y al señor Torres Hurtado, al que mucho le gusta decir que pasea por los barrios y que es el primero en amores a Granada, que repongan a su estado original el lugar señalado, restableciendo, como diríase en derecho, «el orden legal conculcado», pues además de cateta, innoble y antiestética, tal acción contraviene la normativa del Plan Centro y por elevación, las normas de planeamiento vigentes y alguna que otras leyes que pretenden tutelar el patrimonio, y que también son aplicables en Granada, aunque a algunos no guste; lo siento: «Lex dura lex».